Sant Pere de Rodes, un monasterio desde donde verlo todo

Después de un descanso más que necesario de nuestro sábado entre sirenas, piratas, y salidas nocturnas como Familia Intrépida, el domingo nos reservaba otro paraje singular: Sant Pere de Rodes, situado muy cerca de Port de la Selva. Antes, nos despedimos de nuestra casa durante dos días, qué penita, hemos estado muy a gusto, en el Alberg Costa Brava de Llançà.

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Sant Pere de Rodes es una visita obligada de la parte norte de la Costa Brava. Por las vistas y por la historia del propio monasterio, convertido hace siglos en una franquicia del Vaticano donde los peregrinos hacían parada para admirar reliquias de San Pedro. Como el día anterior, el viaje hasta llegar nos permite admirar las vistas de una Costa Brava majestuosa e imponente durante el estallido primaveral de abril. Una vez dentro del monasterio, los pequeños más grandes siguen bastante bien las explicaciones de Marcel, de Gregalada … que se esfuerza por encontrar el lenguaje más idóneo para adentrarse en historias pasadas. Como el día anterior también, los grandes agradecemos la dosis de cultura que nos aporta este paseo … ¡que cierto es que viajar nos hace más sabios!

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Pasillos que se van estrechando, estancias que encadenan más estancias, techos que bajan y ventanas que dan al Mediterráneo. Costa de creer que desde un lugar tan privilegiado se sometiera al pueblo, ¿verdad? Por suerte, ahora las puertas están abiertas (y no se volverán a cerrar como dice una película Disney …) y nos permiten jugar a descubrir las sombras del pasado y las esperanzas del futuro … Como por ejemplo, huertos que quieren recuperar cultivos antiguos.

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Aprovechamos una de las faldas naturales de sierra de Verdera que acoge el Monasterio para comer juntos y poner en común la visita, la vida, la vista … Y aún tenemos tiempo para volver paseando hacia el coche, visitar otras parte del conjunto monumental, hacer otro bocado … Como se alargan estos fines de semana! Viva!

Y, al terminar, ya es casi la hora de irse, pero todavía nos queda una última vista. Marcel no quiere que nos vayamos sin ver el horizonte desde un lugar especial: el Mas Ventós … Cuando llegamos, lo primero que hace Marcel es enseñarnos una balsa donde nuestro pequeño Màrius pueda lanzar una piedra que la acompaña desde hace un buen rato. Alguien le había prometido tirarla al mar, yo misma, pero la vuelta era demasiado grande y nos hubiéramos perdido este paraje (Aprovecho para agradecerle el detallazo al Marcel! Gracias !!). Después, caminamos con las vestimentas arrapadas al cuerpo y los niños medio en silencio por un viento que no deja ni abrir boca.

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El sitio en sí es magnífico pero las vistas … madre mía! Brutales! Y hay un montón de mesas de picnic para hacer un bocado. Pero, en nuestro caso, es la parada final del viaje intrépido. Seguro que volveremos pronto con la bolsa llena para comer en uno de los sin duda mejores balcones de la Costa Brava.

Me recuerda al final de unas colonias! Con augurios de buena suerte y de futuras reencuentros! Ha sido un fin de semana compartido con otras familias donde hemos aprendido, hemos jugado, hemos tenido tiempo de ocio familiar en mayúsculas …. De aquellos que disfrutamos los cuatro. Y los que, pasados ??los días, aunque hablamos … Viva la iniciativa Familia Intrépida!

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